Por Ana Clara Valli
No son novedad las críticas al sistema escolar mediante el cual se educan
sucesivas generaciones de todo el mundo. De manera que, si nos introducimos en
ese debate que enfatiza las deficiencias de la escuela tradicional, es un paso
obligado mirar hacia atrás, hacia el pasado, hacia aquello que aún sigue
vigente y constituye una importante influencia para los educadores en la
actualidad.
El norteamericano John Dewey es uno de aquellos hitos del debate escolar
que debemos revisar en el archivo dado que: por un lado, fue un gran crítico de
la escuela tradicional, a la cual consideró como una imposición de contenidos y
métodos de aprendizaje que son ajenos a la experiencia y capacidad de los
jóvenes educandos, vistos como agentes pasivos y depósitos vacíos en los que
los educadores vuelcan sus conocimientos; y por el otro, fue quien formuló y
puso en práctica una teoría que apunta a una nueva educación a la que denomina
“Progresiva” a través de su “Escuela Laboratorio”.
La escuela que proyecta Dewey en su teoría de la Educación Progresiva se
caracteriza por: cultivar la individualidad de los sujetos, proponer una
actividad libre donde el aprendizaje se lleve a cabo mediante la producción de
propias experiencias, permitiéndole a los alumnos adquirir técnicas que sirvan
como medios para alcanzar fines que les interesen directa y vitalmente, y
conocer al mundo siendo conscientes de que el mismo está siempre sometido a
cambios. El principio central que da sustento a esta teoría es el que considera
que existe una necesaria relación entre los procesos de experiencia real y la
educación. Reconociendo sin embargo que no toda experiencia es educativa, Dewey
define la experiencia educativa como aquella que cumple con dos principios
básicos: el principio de continuidad y el principio de interacción. El primero
de ellos implica que toda experiencia debe recoger algo de una experiencia
anterior y modificar en algún punto la cualidad de la experiencia siguiente. El
segundo, significa que en la experiencia educativa las condiciones objetivas y
las condiciones internas son consideradas con iguales derechos, porque toda
experiencia normal es un juego recíproco de estas dos series de condiciones que
al interactuar constituyen lo que conocemos como situación. Este concepto fue
un pilar central de su teoría.
Pero lo que resulta más interesante de esta revisión de archivo, es
comprobar que Dewey llevó a la práctica –y con bastante éxito para la época-
esta teoría que muy resumidamente comentábamos antes. Fue en enero de 1896
cuando Dewey abrió las puertas de la Escuela experimental de la universidad de
Chicago, que empezó con 16 alumnos y 2 maestros, y llegó a tener en 1903 a 140
alumnos, 23 maestros y 10 asistentes graduados. La mayoría de los alumnos
procedían de familias de profesiones liberales y muchos eran hijos de colegas
de Dewey.
Acorde con la teoría de “Escuela Progresiva”, su programa de estudios se
centraba en lo que Dewey denominaba
“ocupación”: un modo de actividad por parte del niño que reproduce un tipo de
trabajo realizado en la vida social o es paralelo a él. Los alumnos eran
divididos en grupos por edad y llevaban a cabo proyectos centrados en distintas
profesiones. Los pequeños de cuatro y cinco años realizaban actividades que conocían
por sus hogares y entorno como la cocina, la costura, y la carpintería; los
niños de seis años construían una granja de madera, plantaban trigo y algodón,
lo transformaban y vendían su producción en el mercado; los niños de siete años
estudiaban la vida prehistórica en cuevas que habían construido ellos mismos, y
los de ocho años centraban su atención en la labor de los navegantes fenicios y
de los aventureros posteriores, como Marco Polo, Colón, Magallanes y Robinson
Crusoe. La historia y la geografía locales centraban la atención de los niños
de nueve años, y los de diez estudiaban la historia colonial mediante la
construcción de una copia de una habitación de la época de los pioneros. El
trabajo de los grupos de niños de más edad se centraba en los experimentos
científicos de anatomía, electromagnetismo, economía política y fotografía. Finalmente,
los alumnos de trece años habían fundado un club de debates, y como necesitaban
un lugar de reunión construyeron un edificio, proyecto en el que participaron
los niños de todas las edades en una labor cooperativa. Es importante destacar
que el interés temático por las ocupaciones proporcionó además la ocasión para
un trabajo en matemáticas, geología, física, biología, química, artes, música e
idiomas. La lectura, por ejemplo, se enseñaba cuando los niños empezaban a
reconocer su utilidad para resolver los problemas con que se enfrentaban en sus
actividades prácticas, la edificación de la maqueta de granja les permitió aprender
ciertas nociones de matemáticas. Otro punto importante, es el hincapié que
Dewey hacía en el espíritu democrático, no sólo entre los alumnos de la escuela
sino también entre los adultos que trabajaban en ella, dado que ambas partes
participaban en la ideación de los proyectos y los llevaban a cabo mediante una
organización cooperativa del trabajo.
Por supuesto que la labor de Dewey precisa de un estudio mucho más
exhaustivo, pero el propósito de esta reseña tan sintética ha sido cumplido.
Releer los archivos nos permite encontrarnos con ideas interesantes para
mejorar el tan criticado sistema escolar, pero también genera un llamado de
atención: para que el cambio se produzca es necesario llevar esas ideas a la
práctica, para que los errores y aciertos nos permitan perfeccionarlas y
transformar así un sistema escolar que nos resulta ineficiente.
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